Me subí al Uber que me llevó hasta Ezeiza alrededor de la una de la mañana del martes, pero con la idea de llegar a las cinco. Salí con tiempo porque en mi barrio no hay autos de noche.
El viaje transcurrió en un silencio cálido y ameno, hasta que, por el espejo, noté que el chofer empezaba a pestañear. Le saqué algo de charla. Se llamaba Vicente, era de Encarnación, Paraguay, y llevaba 35 años viviendo en Buenos Aires. Me contó de la Virgen de Caacupé y de su fiesta, y me dijo que él era un hombre del campo: soñaba con volver a tener chanchos y gallinas, plantar cebollas y mandiocas. “Allá vos podés comer lo que quieras, y si no tenés, podés hacer trueque con tu vecino”, me dijo.
Hablamos también de política. Me contó que había hecho el servicio militar y que, según sus cálculos, si todos los paraguayos que lo hicieron volvieran a Paraguay, podrían sacar a los corruptos. Su risa era contagiosa y parecía saberlo todo sobre la política de su país. Al final, me deseó buen viaje y me ayudó a cargar mi equipaje hasta adentro del aeropuerto.
Pero al llegar al embarque, mi vuelo no estaba. Con los bloqueos de Estados Unidos hacia mi destino, era esperable que reprogramaran la partida, pero la mesa de ayuda no paraba de insistir: querían saber por qué iba, quién financiaba mi pasaje y por qué no tenía información.
Son casi la una de la mañana, hace 24 horas que estoy en este aeropuerto y puedo ver pasar, como por arte de magia, mi vida en los pasillos. Necesito subir rápido porque yo también estoy pestañando, pero estoy sola y temo quedar atrapada en el tiempo del espacio atemporal, como los que viven acá.
Pasé la noche rodeada de personas que parecen vivir en el aeropuerto. Caminan como si fueran a abordar un avión, llevan los carritos de equipaje y se ríen como millonarios. Hablé con una mujer que según ella era la suegra de Pablo Escobar. Con su marido simulaban hablar otros idiomas y se reían sin razón aparente. Era como si estuvieran atrapados en otra dimensión, o perdidos en un vuelo que nunca va a salir.
Entre ellos estaba también el mejor físico de Argentina, según el, que cada hora venía a pedirme ibuprofeno en cápsulas.
—Disculpame, ¿tenés un ibuprofeno en cápsulas?
—No, ya me preguntaste.
El aeropuerto estaba casi vacío. Parecía que los vuelos eran escasos; la línea de bandera apenas tiene empleados. GPS y Zerza concentran a casi todos los trabajadores, y si quisieran, podrían parar todo el aeropuerto. La policía que custodia el lugar es muy pobre y no podría detener un berrinche.
Había mucha gente mayor y pocos niños; casi no había filas. Los trabajadores aeronáuticos se movían siempre en grupo, riéndose silenciosamente, elegantes y extremadamente diplomáticos.
El tramo más largo de la espera fue la tarde, cuando el calor empezó a ser intenso. Yo, casi sin dormir, sentí cómo se me caía el ánimo y me dormí. En los sueños, mis manos se adormecieron, y desperté aterrada.
En controles y migraciones casi todo lo hacen las máquinas: escanean pasaportes, huellas, rostros. Lo único que revisan de verdad es tu maleta de mano… y lo hacen con la peor de las ondas.
De mis 24 horas en Ezeiza solo sé que no quiero quedar atrapada en recuerdos o tiempos que no son el mío. Paso mi tarjeta de embarque y sigo mi camino, próximo destino Panamá.
